La relación de pareja cuando se tienen hijos


Aprovechando que ayer fue San Valentín, esta semana el tema del post estaba llamado. Hoy hablamos del amor, de la relación de pareja….

CUANDO SE TIENEN HIJOS!!

Yo no sé si tu celebraste San Valetín, pero es que a mí ni tiempo me dio. Las redes sociales se encargaron de recordarme que era el día, el día del amor! Ni un detalle, ni una caja de bombones, ni una nota de amor, ni una cena especial. No tuvimos tiempo de nada… y es que nuestros días de diario son frenéticos… Esperaremos al viernes, e intentaremos hacer nuestra noche de viernes-pizza, eso si,  con la peque revoloteando por la cocina… Sin duda, nuestras cenas románticas ahora son mucho más divertidas 🙂

Porque por mucho que lo intentéis, nada volverá a ser como antes. Porque, cuando nace un hijo, de algún modo morimos, como seres individuales y como pareja de dos. Todo lo que éramos antes deja de existir y empieza una etapa en la que nos reconstruimos como personas, crecemos y evolucionamos. Y aceptar esto es importante para asumir los cambios de la mejor forma posible, y frustrarnos menos cuando no podemos hacer aquello que deseamos.

La pareja es como una casita en construcción.

Yo comparo la pareja antes de tener hijos, con una casita, que hemos ido construyendo a lo largo de los años. Esta casita está muy bien iluminada,  decorada, perfumada, ordenada, con un jardincito que regamos a diario. Salimos y entramos de ella… sin apenas dificultades. A veces también existen las casitas con poca luz, un poco desordenadas, sin olor a nada especial, con flores un poco abandonadas. Con estas hay que tener especial cuidado.

La llegada de un hijo, como una fuerte sacudida.

Y comparo la llegada de un hijo como un terremoto que arrasa todo lo que habíamos construido. Así, sin avisar. Porque nada de lo que nos han contado se asemeja a la vivencia en sí misma. Tú te esperas un fuerte temblor pero… cualquier parecido con la realidad, fue pura coincidencia.

Cuando se tienen hijos, la relación de pareja sufre una enorme sacudida. Todo se remueve, entra en caos. Los cimientos de la casa se tambalean, los muebles se mueven de sitio, todo se desordena, se ensucia, las flores del  jardín desaparecen…. Y si, como te decía, ya estaba todo sucio, desordenado, poco iluminado… el caos aumenta aún más.

Lograr que todo vuelva a estar como antes requiere aceptación, paciencia, comprensión y sobre todo tiempo.  Te diría incluso, que jamás volverá a ser como antes, porque esa casita, tiene un nuevo inquilino, que requiere un espacio propio que antes no existía y eso, inevitablemente requiere ciertos ajustes.

Si además añadimos el cansancio, la soledad en la crianza, el trabajo fuera de casa y las dificultades para conciliar, las tareas pendiente, la responsabilidad que asumimos, los vecinos que llegan y nos dicen cómo tenemos que hacer las cosas…todo se complica aún más.

¿Qué podemos hacer entonces?

Unos cimientos sólidos.

La clave para soportar esta enorme sacudida, es asegurarnos que tenemos  una casita con unos cimientos sólidos. Si la casa tiene grietas, y una base poco consistente, el terremoto, lejos de arreglarla, lo que hace es destruirla aún más. Hasta el punto de que puede que no volvamos a poder reconstruirla nunca más. Pero si nuestra casita tiene unos cimientos sólidos, tenemos una relación basada en el respeto, la comunicación, el apoyo mutuo… los muros se desestabilizan igual, pero soportan mejor la sacudida.

Tener un hijo para arreglar las grietas que había antes, es un error. Tener un hijo debería ser una decisión libre, deseada, consciente, compartida y no una obligación social o un medio para suplir nuestras carencias.

Aceptar

Aceptar que, tras la sacudida, las prioridades cambian, los roles son otros. Aceptar que al menos durante los primeros años, nuestros planes, nuestros rituales, nuestros ritmos, aquello que hacíamos y ahora no podemos, cambian. Aceptar que la culpa no es del uno, ni del otro, ni mucho menos del bebé, que no ha decidido venir a este mundo. Aceptar que ahora hay otra prioridad que no puede esperar y está por encima de todo.

Una oportunidad para el cambio

Los cambios asustan, mucho. Y generan mucho estrés porque implican salir de lo conocido. Asumir responsabilidades y cosas para las que no sabemos si estamos preparados. Pero un cambio también es una oportunidad, para crecer, para mejorar, para cambiar aquello que no nos gustaba. Para reordenar nuestra vida, tirar muebles, cambiar cortinas, cerrar puertas o abrir ventanas. Es una oportunidad para crecer, para mejorar, para cambiar aquello que ya no nos sirve, o no nos gustaba tanto y nunca nos atrevimos a hacer.

Comunicación

De nada nos sirve intentar reconstruir la casa, si cada uno estamos en una habitación y hemos levantado un muro que nadie puede atravesar. Necesitamos más que nunca hablar, conectar con el otro, empatizar, saber lo que siente,  confiar el uno en el otro, aceptar que el caos forma parte del proceso y apoyarse, apoyarse mucho, para adaptarnos lo mejor posible a la nueva situación.

Tiempo

Que todo vuelva a esta en su sitio, cuesta y lleva su tiempo. A veces, como he comentado antes, puede que nada vuelva a estar igual. Ni mejor ni peor, simplemente diferente. Pero hay que tener paciencia, todo pasa y todo llega, a su ritmo, sin forzar. Llegará un día en que nuestra casa vuelva  a lucir espléndida. Que volváis a hacer las cosas que hacíais antes. Y seguro que no echaréis en falta vuestra casita anterior, porque la de ahora es mucho mejor.

Cuidado con las expectativas

A estas alturas ya sabrás que las casitas de Pinterest no existen. O quizás sí, pero pocas se conocen. Imaginarte en una de ellas, puede hacerte perder el sentido de la realidad, y tener una idea equivocada de lo que supone la llegada del bebé. Las parejas perfectas no existen y pretender ser una de ellas, tras la llegada de los hijos, puede aumentar nuestra frustración, nuestro malestar y vernos como bichos raros. Cuando en realidad, lo que nos pasa es totalmente normal.

Buscad momentos de encuentro

Una caricia, un abrazo, una mirada, una pizza de viernes, un botella de vino descorchada cuando los peques duermen. Cualquier cosa, pese a pequeña que parezca cuenta. Y además…créeme que  se saborea más!

Reíros.

Nunca perdáis el sentido del humor. Reíros del caos, del desorden, de los fallos, los aciertos… la risa alivia tensiones y ayuda a que sea más divertido volver a poner todo en su sitio.

Cuéntame… ¿Cómo es “tu casita”, tu relación de pareja desde que eres madre?

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